Resulta extraordinario e inusual que un artista del reconocimiento y la trayectoria de Darío Villalba haya mantenido prácticamente inédito hasta ahora un conjunto de obras tan importante, numeroso y unitario como el que se recoge en estos volúmenes, bajo el título de Documentos Básicos. Extraño incluso que alguien con su tendencia natural al gran formato y la presencia pública, dejase crecer un cuerpo casi autónomo en el conjunto de su obra, y mantuviese en secreto su verdadero alcance.
Desde 1957 hasta hoy, durante sus estancias estivales en Londres retuvo
en imágenes aquello que le inquietaba, con ese carácter entre
límite y voraz, drástico y tierno, que preside cada una de
sus acciones, a modo de minuciosas anotaciones cuyo sentido refleja el pulso
anímico de quien las toma. Las llamó Documentos Básicos
pero apenas sacó a la luz una mínima selección en los
últimos catálogos, mostrando algunos casi como complemento
en tres exposiciones recientes.
Quedaba, por tanto, la tarea difícil de ordenar y dar sentido al
vasto y complejo conjunto de estos documentos. A Álvaro Marigómez
Márquez y al propio artista se debe el empeño de establecer
nexos y claves para desvelar un posible orden entre los aproximadamente
1.800 documentos básicos fechados hasta el año 2000. No siendo
Darío Villalba un artista apegado a lo cronológico y careciendo
los documentos de sentido único en lo formal (se componen de una
a seis imágenes y prácticamente el doble de formatos), el
esfuerzo es notable. Un reto al que, como es habitual, Darío Villalba
no dudó en entrar.
Conociendo una parte mínima de los documentos, conscientes del lugar
que ocupan en su obra y de la revisión que provocan en su visión
global, creímos necesario reivindicar su condición de conjunto
coherente, unitario y de primer orden. El modo de hacerlo era tanto una
muestra amplia sólo de documentos como, lógicamente, la reunión
de su conjunto en una publicación que nos permitiera considerarlos
como lo que son: una especie de magma en el que se desvelan las tensiones
y las devociones del artista, sus intereses estéticos, sus búsquedas
pero también no pocos de sus hallazgos. Un auténtico diario
en imágenes cuya visión, incluso parcial, ofrece renovadas
claves para entender al artista.
Conocida la tendencia de Darío Villalba al gran formato y su interés
por desdoblar imágenes y desarrollar ideas en forma de polípticos,
que este anhelo conviviese con una dedicación tan firme y final desde
la pequeña escala resulta sorprendente. Sin duda estamos ante un
fluido en el que constantemente se interroga. Y pocos artistas se entregan
con su decisión a la hora de revisar el sentido de su trabajo.
El modo de presentar este conjunto tenía necesariamente que ser doble.
En las salas del CGAC dispondríamos grandes frisos rectangulares,
a modo de paneles múltiples en los que se entrelazarían imágenes
de distintas épocas. Ni la visión debía ser rectilínea
ni el sentido de las obras reclama su aislamiento.
La irregularidad de los soportes nos permitió conformar intensos
puzzles, tratados como si fuesen enormes cuadros. Lo que en principio pudo
parecer la creación de un inmenso cuadro casi impresionista, no tardó
en adquirir sentido propio, convirtiéndose en un limpio recorrido
por los distintos darío villalba, agrupados siempre en ese uno múltiple
que los reúne.
Escogidas las paredes inundables de pintura, se eligieron pequeños
grupos de documentos, a modo de pinceladas, para que actuasen de contrapunto
ante el exceso, creando una especie de ritmo entre la voz y el silencio
que intensifica más lo mostrado. La idea es dar réplica al
ánimo con el que las recuerda y revisa el propio artista.
La ausencia de sentido cronológico en la presentación, pese
a que en la muestra pueden verse cerca de 800 documentos básicos,
aconsejó un último empeño: editar un catálogo
en el que se reprodujese la totalidad de lo reunido hasta la fecha, ya que
sin duda estamos ante un trabajo en proceso que es fácil imaginar
crecerá a buen ritmo en próximos veranos, reflejo del excelente
momento creativo que vive su autor.
Para la publicación, escogimos un formato cuadrado y pequeño
buscando un ritmo más apropiado a la lectura, conscientes de la importancia
que tiene el soporte en este caso. La parte gráfica estuvo al cuidado
de Martín Caramés, como el montaje de la muestra al de Carlos
Fernández Freire, siempre auxiliados por un omnipresente Darío
Villalba.
El resultado está a la vista, al menos en su versión segunda,
la gráfica. Incluimos en ella algunas vistas parciales de la exposición
en el CGAC porque contribuyen a hacer más nítido el sentido
de este conjunto, su carácter de verdadero -intenso y descarnado-
diario íntimo. Por eso resulta especialmente atractivo compaginar
el aspecto de gabinete de imágenes visible en la muestra, junto al
tono casi narrativo de la publicación. De nuevo las voces junto a
los ecos. Todos juntos, en un ahora.
En la exposición se percibe de un modo inexcusable que lejos de estar
ante tentativas o bocetos (por mucho que algunos documentos hayan servido
de partida para cuadros de gran formato, que duplican,
replican o niegan aquellos), estamos ante un conjunto imprescindible de
obras finales, de una fuerza y carácter realmente turbadores. La
publicación da fe de la amplitud del empeño, especialmente
cuando comprobamos que los resultados permanecían hasta ahora prácticamente
inéditos.
Quienes conocen a Darío Villa Iba saben de su generosidad, exigencia
y entrega; también de su avidez visual. A la primera debemos su implicación
en el proyecto; a la segunda, la dimensión que adquirió el
empeño. Por ello, nuestro agradecimiento y nuestra deuda.
